El domingo
Cuando el servicio arranca, la mesa ya es un paisaje entero. Las galletas asoman de sus cestas de cuadros, los brownies con su cubierta de caramelo se alinean en filas, y las verrines rosadas brillan al fondo como pequeñas luces. Ya no hay nada que tocar: lo que tenía que decir, lo dije con las manos antes de que llegara nadie.
Me quedo un momento mirando una sola pieza. Una verrine de mousse rosa, una capa de crema, un poco de curd amarillo, migas doradas y un cuadrito de chocolate que asoma como una firma. Al lado, un bizcocho con crumble y frutos rojos, sereno sobre su plato de cerámica. Dos gestos pequeños, y en ellos cabe todo el día.
Los clientes se acercan, eligen, vuelven a por más. Yo los observo desde lejos, sin decir nada. Un domingo así se mide en platos que regresan vacíos y en sonrisas que no hace falta explicar. Y cuando todo termina, lo sé sin dudarlo: el domingo estuvo bien.
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